Confieso que tengo un problema con la risa en los momentos en los que no hay que reirse. En esos momentos en los que queda muy mal reirse, en esas situaciones que la costumbre a marcado como de "mala educación" reirse, bueno yo no aguanto y me río. No es a propósito, es algo que con controlo.
Hacía mucho no me pasaba, y llego ese día.
Ese día yo venía de pasar una situación muy ridícula con un pobre muchacho, que la contaré después porque ahora no me conviene. Y me subí al micro para volverme a mi casa.
Me acordaba de la cara del muchacho, de su torpeza, de su confusión, de todo lo que rompió posteriormente, de su cara colorada, y quería reirme pero no podía: la costumbre dice que está mal. ¿Cómo iba a reirme ahi en el micro, sola, rodeada de gente desconocida, sin una razón visible?
Y bueno yo forzaba la situación para no largar la risa: enumeré mentalmente todos los presidentes desde 1880 hasta ahora, hice la lista del super en mi cabeza 3 veces, imaginé las preguntas de un trimestral que todavía no hago... Y la risa lo mismo quería salir.
Y de pronto, las puertas del micro se abren y se suben 2 monjas.
Una de unos 80 años y otra de una edad desconocida para la raza humana.
Una de unos 80 años y otra de una edad desconocida para la raza humana.
El micro venía hasta el orto, los primeros asientos estaban ocupados por madres con bebés y ancianas con bastón. Asi que las monjas se quedaron paradas, muy cerquita mío.
Y de golpe vino el olor. Fue como una bofetada que uno no espera. Fue de golpe, sin aviso. Y llenó el micro en todas sus esquinas, no había sitio donde no hubiera ese olor.
Y ahi aparece Jeremías, un niño de unos 5 años, de esos chiquititos aún son muy sinceros, quien estaba sentado con su mamá en el asiento del cual yo me agarraba en las curvas.
Jeremías miró a las monjas con ojos grandes.
Después, Jeremías frunció las cejas.
Luego, Jeremías hizo una cara como si hubiera comido limón.
Y por último, Jeremías gritó: ¡Mamáááááá! ¡Abrí la ventana, mamá, que las monjas traen olor a pescado!
Mierda, pensé, y automáticamente largué la risa. No lo controlé, fueron muchas situaciones ridículas en pocas horas. Y encima Jeremías seguía pidiendo imperiosamente que alguien abra la ventana, pese a que su mamá le había tapado la boca.
Yo, roja la de risa.
La mayoría me miraba con ganas de decirme: niñita deshubicada, no te riás.
Algunos, me miraban y se contagiaron de la risa.
La mamá, roja de la vergüenza.
Jeremías, con la cara, manos y brazos contra el vidrio.
Las monjas, cara de piedra. Hicieron oídos sordos a las quejas por su olor a pescado despedido de las entrepiernas.

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