21 enero 2011

Mi Intolerancia II: Turismo Gringo

Como ya saben, mi intolerancia es mucha. Y como es mucha, voy a seguir el consejo que dice que a la mierda hay que cagarla. No recomiendo que usted siga leyendo si le apetecería vivir en Miami o vacacionar en Texas. En cambio, siga leyendo el personaje que, como yo, piensa que el ser estadounidense es algo insalubre para la humanidad. 
 Mi intolerancia de hoy es el turismo gringo. Además de ser recurrente en estos imbéciles la destrucción de culturas, es recurrente también en éstos el consumo de culturas. Y la verdad no entiendo por qué.
Hace unos años, estaba en la parada del bondi esperando que viniera la chatarra olorosa del 60, cuando por esas casualidades pasa el trole. El trole, para quien no lo sabe, es un micro que funciona con electricidad, y por ende, además de ser un micro normal y corriente, tiene dos palitos (diagmos) que unen dicho medio de transporte con la electricidad que pasa por cualquier calle también normal y corriente.
Por esas causalidades de la vida, también venían por MI vereda una pareja de gordos, blancos, espinilludos, y deformes estadounidenses. La verdad les entregué la misma mirada de indiferencia y asco que les entrego a todos los de su tierra, y luego me detuve a mirar un perro que trataba de comerse la basura de una vejeta que, traicionera, iba espaldas al perro con una escoba alzada por su cabeza. Mi concentración en el perrito era tal, que cuando escuché unos gritos histéricos pensé que venía el apocalipsis, unos zombis malvados, un meteorito, o bien la policía.
Pero al darme vuelta vi, infelizmente, al gringo deforme y a la gringa estúpida señalando con todos sus dedos al trole. "OOOHH MY GOOOOD OOOOOHHH MY GOOOOD!!!!!!" Gritaban los decadentes mentales. La verdad es que, al ver el trole, como jamás vieron un micro con dos inertes palitos, se pusieron a gritar en plena calle su invocación a dios, asustando a los niños que pasaban, despertando la tranquilidad de la siesta. Bueno en realidad, antes de dejar de ser virgen, yo no había visto un pene en mi vida. Pero cuando lo vi jamás me puse a gritar histéricamente "AY DIOOOOOS MIIIIO AY DIOOOS MIIIOOOOO!!" Es decir, me parece normal que haya gente que tenga palitos entre las piernas, como me parece normal que hayan micros con palos en el techo. 
Desde ese entonces, desde esos años, me decidí a prestarle un poco más de atención al consumo aborrecible del turismo gringo. Y así, he podido ir apreciando algunas cosas que no hace la gente normal cuando va de paseo a otro país, pero en cambio si lo hacen normalmente los gringos que van a otras tierras en busca de algo que les llene el vacío mental y espiritual que los adolece.
Por un lado, he podido ver que tienen la estúpida equivocación de creer que, por ser turistas, todos deben ser comprensivos, solidarios y pacientes con esta raza de infradotados. Por ejemplo, cuando he ido apurada a algún sitio, a pesar de ver mi cara de velocidad (que eso es universal, no hace falta ser mendocino para poner cara de "llego tarde" cuando uno llega tarde) a ellos no les molesta pararte autoritariamente en medio de tu camino para decirte "aaamm esquiusmi, senorrita, la callle ammmm Tropeuro Sousa, porr dónde irr yo?" Pregunta inoportuna, con una sonrisa inoportunamente de turista avariento y rapaz. En esos casos los mando a la put@ madre que los parió o en algunos casos los guío amablemente no hacia la calle Tropero Sosa, como me pidieron, sino hacia la villa miseria más cercana, donde podrán encontrar gente de todos colores a las que les vendría bien unos dólares prestados.
Por otro lado, al subirse a un micro, donde es universal también que las ancianas y/o ancianos tengan un asiento donde poner su culo en el transcurso del viaje, los gringos prefieren ir ellos sentados, con sus mochilas llenas de cultura huarpe y mapuche que han sabido bien comprar con su golpista dinero. No se les ocurre levantarse del asiento para entregárselo a otro ni porque se les pinche su culo regordete con un alfiler. No, claro, ellos son turistas, y al turista en Mendoza, lo mejor.
Pero lo que más me molesta es que, cuando hay alguna feria popular, donde salen las viejas a vender sus dulces caseros, los artesanos a vender sus producciones, los músicos a reconfortarnos con su música, los gringos no entienden NADA. No tienen un mínimo código, protocolo, decoro o lo que sea con la cultura ajena. Ellos van por entre medio de las calles empujando a la gente, sonriendole a todo, corriendo a los niños de su lugar para ver mejor ellos, consumiendo, comprándolo todo con su dinero en las  manos en alto siempre como si de un remate se tratase, mostrando que son gringos, gritando para que sepamos que son yanquis, ensuciando el piso con sus escupitajos o con las bolsitas del alfajor casero que compraron. No hacen silencio ni para escuchar al músico, no admiran la cerámica indígena o el tapíz precolombino, sólo lo compran rápidamente y lo guardan en sus mochilotas para mostrarlo luego a sus compatriotas yanquis. No piden permiso para pasar, se ocupan toda la vereda con sus culos gigantes y empujan con sus brazos a los que pasen para poder mejor ver qué cosa de otra cultura pueden comprar, consumir, tragar, masticar, para vomitarla después en su sucia tierra genocida. A todos nos dicen "hellou, hellou, hellou", hasta cuando los mandás a la mierda porque te están pisando el pié te dicen hellou, porque se creen impunemente que todos debemos de saludarlos, entregarles nuestra solidaridad y paciencia, entregarles nuestra cultura para que la insulten.


Van hacia la pila de ropa que vende una mujer, revuelven todo, tiran todo, y luego de dejarle todo enquilombado, se compran la remera más vistosamente precolmbina que diga "Argentina", para toooodos sus yanquis amigos luego le digan "oooouuuu Aryentina". Recorren y revuelven todos los puestos de cerámica huarpe, flautas mapuches, bombos de campesinos, para ni siquiera preguntarse qué ha sido del aborigen que los creó y si su país tuvo algo que ver con su desaparición.
Vienen a mi tierra, llena de carteles en inglés que les dice hasta dónde pueden encontrar un baño, la ensucian, la revuelven, la consumen, pisan las flores, escupen en el micro y en las veredas, se ocupan toda la calle, te exigen que los guiés, se ponen sandalias que despiden un tremendo olor a pata, y aún así, hay que atenderlos bieeeen, porque Mendoza es la aldea colonial del turista gringo, que viene a zambullirse en la nieve de Las Leñas a la que el mendocino medio no tiene acceso, el turista gringo que viene a dejar plata por artesanías que el mendocino medio no puede comprar porque todo esta en precio altamente yanqui. 
Vienen a mi tierra, consumen mi cultura como si fuese una droga de todos los días, y luego de insultarla, se van a su tierra, a vomitar la cultura que se tragaron diciendo a sus genocidas compatriotas: "vimos indios! no sabes! son iguales a como te los muestran en las películas!"
Vienen a mi tierra, y después de mirar los ojitos de barro de los niños que inhalan poxirrán para no tener hambre, no se preguntan si su país será la causa de la inanición de los pueblos. 
Caminan, con la soberbia altiva, escupiendo su inglés, sin mezclarse entre la peble, creyendo que la marginación y la pobreza que su país terrorista ha dejado tras su paso en Latinoamérica no existe, que el pobre, la sed y el hambre no existen, y si, por casualidad se cruzan un pobre, creen que es una escena teatral montada a su servicio. Tal vez le dan una moneda, o tal vez no. Pero lo importante es que se van a sus tierras con la panza repleta de consumo voraz, mientras aquí no quedamos nosotros, en nuestra preciada tierra, esperando que no vuelvan jamás a pisarla.

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