Y era rojita como yo, andaba bien rápido, suavecita, y con un giñe que para que funcionara había que darle un par de piñas al tablero eléctrico. Cuando me mudé con mi concubino la moto se transformó en heladera.
Hacía mucho que no pensaba en ella. Dos meses después de comprármela, fui a un negocio y pagué un ojo de la cara por esos cascos que no tapan el rostro dulce que tengo; la excusa era que me daba calor, pero la realidad era que con el casco cerrado los automovilistas y peatones desequilibrados no escuchaban mis largas puteadas.
Y hoy me dio nostalgia y me acordé de ella. La recordé porque en la esquina de mi casa, esquina por la que debo pasar por lo menos una vez al día para comprar puchos, para cruzar hay que pedir turno por email, por correspondencia, por teléfono, suplicarle al automovilista que no te atropelle y al gobierno de no sé qué puta que ponga un semáforo.
A mi lado izquierdo venía el perro de una vecina, que me ha tomado cariño el flacucho porque le doy un par de huesitos que ella no se empeña en darle, y a mi costado derecho no venía nadie. Hasta que lo vi, al gordo pajero al volante con cara de cóndor alzado que por decirme un par de barbaridades de mi trasero se esforzó en acelerar en auto y un poco más atropellarme por mirar más de cerca.
La puteada que le lancé es demasiado larga para transcribirla en este sitio, a tal punto era de extensa que el automovilista hacía largo rato ya se había mandado a mudar y yo seguía ahí, con la puteada en el cuello a los gritos, y ya habían empezado a salir los vecinos. Me dio vergüenza y me fui.
Hacía mucho que no pensaba en ella. Dos meses después de comprármela, fui a un negocio y pagué un ojo de la cara por esos cascos que no tapan el rostro dulce que tengo; la excusa era que me daba calor, pero la realidad era que con el casco cerrado los automovilistas y peatones desequilibrados no escuchaban mis largas puteadas.
Y hoy me dio nostalgia y me acordé de ella. La recordé porque en la esquina de mi casa, esquina por la que debo pasar por lo menos una vez al día para comprar puchos, para cruzar hay que pedir turno por email, por correspondencia, por teléfono, suplicarle al automovilista que no te atropelle y al gobierno de no sé qué puta que ponga un semáforo.
A mi lado izquierdo venía el perro de una vecina, que me ha tomado cariño el flacucho porque le doy un par de huesitos que ella no se empeña en darle, y a mi costado derecho no venía nadie. Hasta que lo vi, al gordo pajero al volante con cara de cóndor alzado que por decirme un par de barbaridades de mi trasero se esforzó en acelerar en auto y un poco más atropellarme por mirar más de cerca.
La puteada que le lancé es demasiado larga para transcribirla en este sitio, a tal punto era de extensa que el automovilista hacía largo rato ya se había mandado a mudar y yo seguía ahí, con la puteada en el cuello a los gritos, y ya habían empezado a salir los vecinos. Me dio vergüenza y me fui.
Y me acordé de la moto. Mi rojita.
Una vez, una vieja de esas que se ponen lentes bien gruesos y camisas a flores con hombreras, bien similares a las regentes de secundaria, con cara de ojete abrochada en la cara, venía por mi lado izquierdo y dobló hacia la derecha, olvidándose que entre la esquina y el carril por el que ella iba, venía una moto con una pelotudita (o sea, yo). El resbalón y la frenada que pegué fueron mortales, tanto que me quedó olor a quemado en la guillermina e inclusive en mi pié. Le dije "...pero vieja frígida y la re calcada concha olor a pescado de tu puta madre en patineta" Pero la vieja no estaba.
La perseguí por la calle. La encontré en un semáforo. Me puse al lado de su auto, la puteada fue más larga todavía. Y la vieja seguía sin apoyar la espalda sobre el asiento, empeñada en mirar con sus ojos miopes la calle, bien agachada sobre el volante tratando de pegarse parabrisas. ¿No me ve la vieja de mierda esta?, pensé.
Se volvió a ir. La volví a perseguir. Aceleré y me puse adelante de ella. Frenaba de pronto, y ella frenaba; clavaba los pies en los frenos, de esa manera tan idiota que puede provocar un accidente. Dobló y yo seguí de largo. Hice una ilegalidad e imprudencia vial para volver a encontrarla. Y la agarré en un semáforo.
Como no sabía si la vieja vinagre y podrida sufría de sordera y miopía juntas, no quise volver a correterla por plena calle San Martín de nuevo, así que le abrí impunemente la puerta del auto, ahi en medio de la gente espantada en el centro.
"Vieja hija de puta, quién te enseñó a manejar? tu suegra? Pelotuda, subnormal, no te diste cuenta que casi me atropellás? Qué mierda tenés, no ves bien?" Ataqué.
La vieja cara de orto me miró con toda su cara flácida, con sus cachetes blanditos colgando, con su pintura chorreada, con sus antiguos lentes gigantes, y me dijo "no, no veo bien"
Considero que antes de entregarle un carnet de conducir a cualquier mendocino pastoso del culo, se deben tener en cuenta sus enfermedades reflejas, auditivas y de ojos. Incluyendo también un examen especial para los hombres, en los cuales se prevea si éstos energúmenos rapaces cuando ven una mina son capaces de dejarlas pasar en vez de lanzarse despavoridamente sobre el trasero femenino que en sus narices tienen. Yo haría una ley especial, donde las viejas como esta sólo manejen 1 hora al día, de 3 a 4 de la matina, y donde los viejos verdes como este manejen una bici rosada con rueditas vestido con una mini roja y un escote amplio, luciendo todos sus atributos para que todas podamos gritarle una barbaridad, a ver si se le pasan las gánas de ser tan viejo asqueroso, que podría ser mi abuelo el anciano pajero de mierda. Qué asco.

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